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He leído en numerosas ocasiones
que la ingesta de alcohol o drogas se considera una eximente.
Demasiada gente asocia beber
alcohol con la diversión.
Me he emborrachado un par de
veces, cuando era adolescente, y he bebido más de la cuenta algunas otras.
NUNCA me ha dado por hacer daño a nadie. Como máximo he reído más y he cometido
alguna tontería más de lo habitual.
Lo mismo cabe decir de otras
personas que he conocido. Mi padre era y murió alcohólico y nunca le ví hacer
daño a nadie, ni tan siquiera insultar.
En los últimos años, cada vez
con mayor frecuencia, declino acudir a algunas celebraciones precisamente por
la ingesta de alcohol que suele llevar relacionada. Puedo controlar no emborracharme,
pero, con la tentación continua frente a mí, durante horas, me resulta muy
difícil evitar estar al día siguiente con la mente algo embotada y eso sí que
no me gusta nada. Mi día después de las celebraciones con abundante ingesta de
alcohol son perdidos, no puedo hacer las cosas habituales: deporte, lectura
comprensiva, etc.
Cuando era un adolescente me
encontré con un conocido dos fines de semana consecutivos. Estaba bebido y me
molestó pidiéndome cosas, pesadamente y en un tono desagradable. Como entonces
yo tenía poca paciencia recuerdo que la segunda vez le espeté, muy en serio,
que no le iba a tolerar más esa actitud, que si no era capaz de controlarse con
la bebida que no bebiera y que la próxima vez que me molestara usaría algo más
contundente que las palabras. A pesar de estar beodo me entendió a la
perfección y no volvió a incordiarme. Como curiosidad aproximadamente un año
antes, a este individuo le salvé de una paliza muy grave que le estaban
propinando a patadas por todo el cuerpo. A pesar de no ser “santo de mi
devoción”, me pareció tan cruel la tunda que decidí interceder por él. Sólo
quise separarles, pero el agresor se lo tomó a mal. Supongo que pensaba que yo
era demasiado atrevido por osar contradecirle ya que era menor que él y no acudía
a un gimnasio que él si frecuentaba. Debía mantener su “prestigio” de tío duro.
El caso es que tuve que defenderme también de su furibundo ataque. La verdad es
que aquel tipo se merecía la reprobación por su actitud siempre desagradable,
pero es que creía que lo iba a matar de tan salvaje que le aplicaba el
“castigo” dándole patadas y tirándole por unas escaleras.
Cuento todo esto porque me
parece que la ingestión de drogas o alcohol rara vez debería considerarse una
eximente, sino agravante. El que no pueda tomarlas que no lo haga. Si nadie les
obliga a ello. Además, como os he contado, el ebrio sí me entendió, por lo que
sabía lo que estaba haciendo.
Por otro lado he observado
cierta costumbre en muchos padres de enseñar a los niños que después de hacer
cualquier cosa basta con decir lo siento. Los adultos también captan el
mensaje.
Si a eso le sumamos que a
algunas personas les cuesta poco encontrar excusas por muy peregrinas que éstas
sean, que los medios de comunicación airean los peores comportamientos del ser
humano convirtiéndolos en protagonistas, que se convierten en víctimas a los
verdugos, que se mantiene una equidistancia de lo bueno y de lo malo, que sólo
se critica lo políticamente incorrecto en cada momento; etc. El futuro es
sombrío. Al menos en lo que a convivencia social y armoniosa se refiere.
Desde hace pocos años he dejado
también de beber alcohol habitualmente con las comidas. Eso lo hice para no dar
un mal ejemplo a mis hijos. Me parecía incoherente decirles que evitaran el
alcohol y que me vieran todos los días, en todas las comidas, bebiendo vino y
cerveza. Ahora solo bebo cuando salgo fuera y ocasionalmente en casa.
En contraste yo tomé vino desde
muy corta edad, incluso como alimento. Todavía recuerdo las sabrosísimas catas
de pan con vino y azúcar que mi madre me enseñó a preparar para merendar. La
cultura mediterránea siempre ha estado vinculada al vino y al aceite.
Muchos podemos recordar como se
publicitaban en la televisión bebidas alcohólicas recomendándolas para los niños
como las kinas San Clemente y Santa Catalina.
La violencia asociada al alcohol
es más propia de los anglosajones. Mi experiencia es que el alcohol desinhibe
nuestro carácter mostrando buena parte de lo que solemos ocultar o aminorar por
cultura o educación. Así, los que son violentos o desagradables acentúan esas
características cuando están bebidos. Los amigos que tenía pendencieros lo eran
más cuando estaban bajo la influencia del alcohol. A los que no lo eran el
alcohol no hacia aflorar en ellos violencia alguna.
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